¿Comunidad incluyente?
Por: Susana Ochoa

Para incidir en la historia de nuestros hijos son pocos los años 12 ó 16 a lo mucho, sin embargo, seremos sus padres por toda la eternidad, por lo que estamos obligados a invertir en lo mejor para ellos y a pesar de que el mundo nos diga que será imposible, te aseguro que si nos empeñamos lo vamos a lograr.

El Modelo Educativo CELA implica definitivamente una disposición al aprendizaje y a la cooperación de los padres de familia. El Colegio sabe que todo el bagaje que con tanta ilusión entrega día con día en las almas de nuestras hijas, es complementario de la educación otorgada en casa e incluso que, por más que intente sembrar, requiere la tierra fértil que sólo puede proporcionar el ejemplo, ciencia y ascendencia de los padres de familia.

En este mundo actual cometemos la banalidad de tergiversar el lenguaje; solemos llamar bueno a lo que no es, llamar amor a lo que no es, llamar verdad a lo que no es, entre otras cosas. Pero en algo estamos de acuerdo la gran mayoría, todos queremos un mundo más justo y más humano; es decir una comunidad más incluyente. No nos gustan las excepciones, sobre todo cuando operan en nuestra contra y la sensatez nos llama, aunque nos cueste, a buscar que haya igualdad de oportunidades.

¿Y cómo se construye una comunidad incluyente?
Con muchos factores, pero hoy la invitación es a reflexionar sobre los más elementales: las buenas disposiciones. Varios autores coinciden en que la suma de las buenas disposiciones nos conducen a la virtud anhelada – en este caso la justicia - ¿Y de qué disposiciones en concreto estamos hablando? Tanto San Agustín, en la Ciudad de Dios, como Santo Tomás, en la Suma Teológica establecen como antecedentes indispensables para que la justicia pueda darse, tres condiciones; la gratitud, la veracidad y la vindicación.

La gratitud es ese sentimiento de estima o reconocimiento ante alguien que nos ha prestado un servicio o hecho un favor. La veracidad es aquello que se ajusta a la verdad, podríamos decir, a la realidad. La vindicación es el acto de devolver algo que pertenece a otro. Las tres disposiciones generan un movimiento afectivo que compele a entregar a otro lo que le pertenece o lo que es debido.

¿Cómo haremos los padres de familia para sembrar estas disposiciones en nuestros hijos en una infraestructura de sobreabundancia donde parece que creen que lo merecen todo? Qué complejo resulta para nosotros, que hemos nacido para hacerles felices, entender la trascendencia del hecho real de que los seres humanos no somos merecedores realmente de nada y que rodeándolos de lujos los incapacitamos para las cosas grandes, les estragamos el gusto por lo noble y bello.

Un ejemplo antagónico de ello es la humildad, que es la virtud más alabada en propios y extraños. Qué repugnante resulta incluso humanamente la soberbia. Sin embargo, qué rodeados estamos, los que tenemos ciertos satisfactores cubiertos, de creernos merecedores del talento que tenemos, o de la posición que jugamos o de cualquier otro mérito (belleza, fortuna, salud). Quizá nos damos cuenta de ello cuando padecemos una real necesidad.

Enseñemos a nuestros hijos a agradecer todos los días la vida a Dios, a agradecer a las personas que les atienden o enseñan, a los servidores públicos que les sirven, a los médicos que les atienden, etc., a agradecer a todos aunque parezca que merecemos el servicio porque lo pagamos. La caridad, la educación y la gratitud, pertenecen a quienes la otorgan, no a quienes la reciben. La mayoría de las cosas que valen la pena, no están en el intercambio de bienes y servicios. Que tus hijas y las mías aprendan a ser agradecidas, a ser veraces y a darse cuenta que deben corresponder por todo lo recibido, créeme, no tiene precio. Eso les hará personas realmente grandes.